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   Las razones de tal recesión se deben básicamente a la persecución directa por parte del hombre y a la alteración de sus hábitats naturales.

   El oso, a lo largo de la historia ha despertado en el hombre sentimientos contrapuestos de admiración y temor. Desde considerarlo como símbolo de fuerza y guía espiritual hasta ser, para el ganadero y el apicultor, un enemigo, un competidor. Sin embargo en la Cordillera Cantábrica sobrevive en la actualidad una población de osos con pocas interferencias en la vida ganadera. Patrón que se podría repetir en el Pirineo si se adoptan las medidas preventivas adecuadas.

   La destrucción de su hábitat por diferentes motivos: extracción de madera, apertura de pistas forestales, incendios, etc ha sido considerable . La parcelación de los montes crea barreras artificiales que impiden el cruzamiento necesario para mantener genéticamente sanas las poblaciones. Esto se traduce en una pérdida de la diversidad genética con los derivados problemas de consanguinidad y también en la dificultad para encontrar alimento.

   Su estrecha relación con el hombre lo ha convertido también en trofeo de caza. En el siglo XVI se empezó a primar la caza y muerte de osos y su persecución fue implacable hasta finales del siglo XIX. Hasta mediados del siglo XX no se empezó a prohibir su caza, aunque el furtivismo continuó hasta nuestros días. En la actualidad los mayores problemas vienen de la utilización de lazos, la caza ocasional de ejemplares, los nuevos usos de la montaña que provocan humanización y perdida de tranquilidad en sus áreas vitales.